Lunes 3.08.2020 - 06:48

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Guillermo Hurtado

El malinchismo como un dispositivo

TEATRO DE SOMBRAS

Guillermo Hurtado
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En mi artículo “Dos tipos de malinchismo” (28-7-2020) ofrecí una caracterización del malinchismo. Aquí quisiera explorar sus causas y mecanismos.

El sentimiento de inferioridad que Samuel Ramos atribuyó al mexicano en El perfil del hombre y la cultura en México puede ayudarnos a entender el malinchismo, aunque no sean una y la misma actitud. Según Ramos, cuando los mexicanos lograron su independencia, quisieron ser como las naciones europeas más avanzadas. Al comprobar que no disponían de sus mismos recursos culturales y materiales, desarrollaron un sentimiento de inferioridad, como el de los niños pequeños cuando se comparan con los adultos. La idea del infantilismo de los mexicanos tiene raíces muy hondas. Los frailes que protegían a los indígenas en el siglo XVI los describían como “niños”. Y en el siglo XVIII algunos naturalistas, como el Conde de Buffon, pensaban que en México las especies nunca alcanzaban su desarrollo pleno. Ramos pensaba que era cuestión de tiempo, educación y disciplina para que los mexicanos alcanzaran a los europeos en todos los sentidos. Sin embargo, tal parece que el prejuicio malinchismo considera que los mexicanos están condenados a una minusvalía perpetua y que jamás lograrán ser iguales a los extranjeros.

Hasta ahora hemos examinado el malinchismo como una inclinación subjetiva, ya sea como una tendencia individual o como un complejo colectivo. Sin embargo, sería un error quedarse en el plano de la subjetividad. El malinchismo está montado en una estructura compleja de relaciones de dominio. Para entender el fenómeno es preciso examinar esas estructuras. Además de individuos malinchistas, hay colectivos, instituciones y culturas malinchistas. Un ejemplo es la publicidad comercial. En la mayoría de los anuncios en medios impresos, televisión e internet, los modelos que venden cualquier tipo de productos a los consumidores mexicanos son, en su mayoría, blancos y rubios, de preferencia extranjeros. La reproducción de ese esquema en los medios de comunicación reitera, a nivel inconsciente, el malinchismo de la sociedad mexicana. El fenómeno tiene repercusiones políticas que no pueden ignorarse. No se olvide que en el siglo XIX se pensó que la solución a los problemas de México requería la intervención extranjera. No sólo se afirmó que la inmigración era indispensable para “mejorar la raza”, sino que sin un monarca extranjero no podría haber jamás paz y progreso. En el siglo XXI nadie afirmaría algo tan burdo; sin embargo, el carácter malinchista de las estructuras sociales predispone a los sujetos a aceptar el dominio extranjero —por sutil que sea— en todas las dimensiones de su vida.  

Si adoptamos el concepto foucaultiano de dispositivo, podemos describir al malinchismo como un dispositivo de deshumanización. La función del malinchismo, entendido de esta manera, es someter a los mexicanos a un mecanismo que reduce su valor en tanto que seres humanos, principalmente, en su relación con los extranjeros, con el fin de perpetuar el dominio de éstos sobre aquéllos. Lo que distingue al malinchismo de otros dispositivos semejantes es que tiene su origen en un régimen colonial que se ha prolongado de diversas maneras después de la independencia nacional. El concepto de colonialismo interno, acuñado por Pablo González Casanova, sirve para entender el funcionamiento del malinchismo en una sociedad como la nuestra. El malinchismo puede verse como una expresión de la interiorización del colonialismo. Esta interiorización no es sólo mental, sino estructural. El malinchismo es un vestigio político, cultural y psicológico de la dominación colonial en la sociedad mexicana. Lo que sucede es la identificación del colonizado con el criterio del colonizador. En el caso del malinchismo extremo, la aceptación de la superioridad del colonizador es tan grande, que se proyecta a todo lo extranjero, aunque no pertenezca al grupo colonizador original. Lo foráneo, sea individuo, cosa o idea, se eleva a una posición de preeminencia absoluta. El colonizador ha reducido al colonizado a la mínima expresión: a una condición casi subhumana. En el caso del malinchismo selectivo, se acepta el criterio del colonizador pero se insiste en preservar un lugar intermedio en esa escala. Esto es lo que sucede en un sistema de castas impuesto por un régimen colonial. Por ejemplo, el mexicano blanco se siente superior al de piel oscura y exigirá que esa superioridad sea reconocida por el extranjero blanco. Cuando éste no lo hace, se siente profundamente ofendido.