Lunes 3.08.2020 - 07:00

Alejandro González "El más perro de los géneros"

Esgrima

Alejandro González
Alejandro GonzálezFuente: Alejandro González / monicamaristain.com
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Nacido en 1975 en la Ciudad de México, Alejandro González Castillo es un periodista de rock aferrado a su realidad y a la vida del freelance. Se avienta un round con la eufonía de los conciertos en Manual de carroña, su nuevo libro de crónicas sobre el periodismo musical mexicano, publicado por El salario del miedo.

En esta plática oteamos ese género periodístico, considerado por Juan Villoro un ornitorrinco. Sin decir agua va, González lo lanza a un lugar más popular en el bestiario académico y expresa que la crónica pertenece más bien al género “específico de los canis lupus familiaris”, es decir, los perros.

¿Cuál es tu enfoque de la crónica literaria y sus reflectores periodísticos en México?

Es el más perro de los géneros periodísticos, con el que mejor se lleva la literatura. Sin echarle agua fría y con el aferre como gasolina, del apareamiento de ambas bestias nace Manual de carroña. Prefiero la crónica donde el narrador se cuela al escenario y con sus herramientas se asoma entre reflectores.

¿Qué periodismo musical leías en tu adolescencia?

Me salió acné leyendo Eres y 15 a 20, revistas que mi hermana mayor compraba. Luego conocí El Nacional en sus mejores días y comencé a comprar las revistas Conecte y La Mosca. En poco tiempo me encontré con libros de Parménides García Saldaña, José Agustín, Fernando Nachón y Gustavo Sainz. Aunque no todos escribían de música, sí tenían una suerte de ritmo.

En cuanto a letras, ¿quién consideras que le dio forma y fondo al rock mexicano?

Desde “Yo no soy un rebelde”, de Los Locos del Ritmo, puede rastrearse una urgencia por poner palabras a lo que el naciente ritmo sugería: desobedecer. De ahí a “Cambia cambia”, de Dug Dugs, “Caminata cerebral”, de Love Army o “Chavo de onda”, de Three Souls in my Mind, hay una evolución natural. Con el paso del tiempo lo conseguido por Rockdrigo y Jaime López no ha sido igualado, aunque por ahí andan Gerardo Enciso o José Manuel Aguilera haciendo rimas buenas.

¿Es una estafa el rocanrol contemporáneo?

Hablaré de dos casos recientes. ¿Quién estafa, Enjambre al tocar en el Auditorio Nacional o Banda Bostik al hacer lo propio en el Teatro Metropólitan? Ambos grupos han trabajado para llegar a estos foros, pero el público del primero toma ese logro como algo natural y el del segundo lo asume como una burla; siente que están traicionando su esencia al presentarse en sitios ajenos a su origen. Ese asunto de que el rocanrol es una estafa suele manejarse desde la perspectiva del dinero, cuando me parece que en realidad el foco debería centrarse en los preceptos filosóficos.

¿Cómo fue tu primer contacto con esa famosa guía “de urbanidad y buenas maneras” que es El manual de Carreño (1853)?

He leído fragmentos del libro, no lo conozco cabalmente. Le busqué jiribilla al título pensando en la calaña de reporteros con la que he convivido durante años y de la cual me siento parte. Me refiero a los carroñeros que buscamos todo lo que haya gratis —bocadillos, tragos, discos— cuando nos invitan a un encuentro de prensa con un artista. Al juntarme con los canaperos, he aprendido a acatar lo que le indicaba don Gato a los sublevados de su pandilla: donde vean fila, fórmense.

¿Qué recuerdos de tu niñez permean más tu narrativa?

Una guerra de caguamas en medio de un concierto de Banda Bostik, una tocada de Javier Bátiz en la clínica 23 del IMSS y otra de Vitorino en el Deportivo Los Galeana. Me acuerdo de la consola Zonda que teníamos en la sala de la casa y las tardes solitarias que pasé a su lado, dándole varias vueltas a los mismos tres discos; el día que descubrí los CDs gracias a un amigo de la escuela; los tíbiris en el barrio, a la espera de que el sonidero nos diera chance de poner una canción de rock en medio del repertorio tropical; noches escuchando los 16 éxitos de oro de los Rolling Stones y las veinte triunfadoras de José José en un walkman.

Me niego a que el ritual del rocanrol se asemeje a la experiencia que otorga ir al autocinema.  Es como tener sexo con condón

“El escritor quiere escribir su mentira y termina escribiendo su verdad”, decía Ramón Gómez de la Serna. ¿Cuál es tu verdad?

Solía presumirme como la prueba viviente de que el periodista free lance es capaz de vivir con decoro, pero a últimas fechas las cosas han cambiado. Mi verdad, y la de otros periodistas que respeto, es que nos vemos orillados a escribir por amor al arte y me parece terrible. La sociedad mexicana ve al periodista como un débil mental, inútil para formular efectivamente una pregunta. Basta ver los comentarios que las conferencias de López-Gatell generan en las redes sociales; todos atacan a los periodistas que acuden a esas citas, no los bajan de imbéciles. Eso permite entrever lo que el mexicano promedio piensa del oficio periodístico. Si eso pasa con un tema así de importante, ¿qué podemos esperar de una trivialidad como la música popular?

¿Qué viene después de la nueva normalidad?

Me fascinaría tener la respuesta. Me agarras viendo un concierto de Depeche Mode dirigido por Anton Corbijn. No puedo más que añorar el pasado, cuando nos embarrábamos de sudor ajeno al bailar, abrazados, y nos escupíamos cantando las rolas que nos hacían sentir vivos. Soy un hombre del siglo XX. He pasado los últimos quince años de mi vida yendo a conciertos de jueves a sábado, sin falla, así que me niego a que el ritual del rocanrol se asemeje a la experiencia ñoña que otorga ir al autocinema. Eso es como tener sexo con condón.

“Esta ciudad está llena hasta el techo de teóricos de rock”, canta Adrián Dárgelos en el tema “Teóricos”. ¿Por qué será que hoy todos nos sentimos con la autoridad de dar clases?

Hay gente opinando de todo, en realidad. Tenemos a la mano expertos en televisión, política, medio ambiente, futbol, cartomancia, reguetón, carreras de caballos y novela negra. ¿Por qué no eruditos del rock? Facebook y Twitter se prestan para nulificar a los especialistas y darles voz a quienes siempre la tuvieron negada. Son escaparates para apuntar la opinión de quien sea sobre el tema que esté más caliente.

Darío Restrepo decía que “la redacción en la que cada uno trabaja aislado de los demás, en la que cada uno defiende su territorio, nunca podrá hacer periodismo de calidad. Una redacción así está condenada a la mediocridad”. ¿Cómo consideras, en estos términos, el periodismo que ejerces?

He tenido la oportunidad de escribir en medios especializados en música, donde el rigor periodístico es ley; he trabajado con editores exigentes que me acicatean todo el tiempo. En ese son, aunque el repertorio de la Banda MS me provoque dolor de cabeza o la música de Odisseo me dé empacho, como profesional debo ir a entrevistarme con ellos; cualquier enmienda debo acatarla con profesionalismo. Y al final debo escribir algo al respecto, con seriedad. De eso se trata mi trabajo: para eso, en teoría, estudié.